Jueves 17 de Mayo de 2012
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Una autodeterminación americana
Por: Daniel Alonso
Martes 14 de Febrero de 2012
Vale la pena soñar con que son los últimos estertores de las viejas prácticas imperialistas. Aquello de crear hipótesis de conflictos bélicos, que con tanto resultado las dictaduras latinoamericanas aplicaron para estirar la usurpación de la soberanía popular. Seguramente aconsejados y entrenadas por la diplomacia anglosajona.
La soberbia británica lo utiliza ahora para disimular las propias crisis internas y alinear a su opinión pública en una mascarada de patrioterismo para recuperar un cierto margen de respeto de sus súbditos. También, quizá, para distraerse de su escasa solidaridad con la comunidad europea que integra pero que nunca integró, despreciando al euro, por ejemplo.
 
AUTODETERMINACION
Bien podemos los patagónicos "y los chubutenses en especial- agradecer infinitamente aquella teoría que los ingleses sostienen a rajatabla cuando les conviene. No la aplicaron en Hong Kong, ni en la India de Mahatma Gandhi, claro está. Pero sí la admitieron por pícara y estratégica imposición del perito Moreno en el diferendo solucionado en 1902 con el plebiscito de la Escuela 18 de Río Corintos, a la vuelta de Trevelin…
Pese al feriado provincial impuesto cada 30 de abril desde el centenario del histórico referéndum, poco revalorizamos el extraordinario significado que tuvo para Argentina todo ese providencial suceso. Son nada menos que 353.000 hectáreas que por la apabullante mayoría de votos de galeses y autóctonos, quedaron bajo la bandera argentina.
Entiéndase bien: una superficie apenas inferior a la Gran Malvina; un área total que iguala lo que ocupa la ciudad de Buenos Aires  y los 14 partidos más poblados de su conurbano, donde se concentran 14 millones de habitantes, un tercio de la población argentina.

CONVENIENCIAS
No podemos quejarnos los argentinos de la teoría de la autodeterminación de los pueblos. Algo que indudablemente no nos conviene en el caso malvinero: en nuestra cordillera del noroeste, efectivamente estábamos ejerciendo soberanía con apoyo del gobierno nacional; doradas superficies que cubrían con trigo el valle 16 de  Octubre, y media docena de molinos harineros desde mediados de la última década del siglo XIX.
Claro, por si no fuera suficiente, el flemático Sir Thomas Holdich, árbitro inglés del conflicto, no le avisó a la diplomacia chilena que los galeses de entonces habían huido al fin del mundo para liberarse del yugo y la semi esclavitud a que los sometían los sajones en las minas de carbón galesas.
 
MEMORIA
Tenemos memoria anterior a la guerra. Cuando Líneas Aéreas del Estado servía semanalmente a los británicos de segunda que ocupan las islas cercanas. Cuando les proveíamos  de alimentos frescos y traíamos a hospitales comodorenses sus enfermos derivados por urgencias insalvables. Cuando les construimos la pista de acero sobre la endeble turba isleña en Puerto Argentino.
Hoy a los argentinos no nos conviene la autodeterminación de los pueblos, como en la gesta más que centenaria de Trevelin.  Pero menos que eso convendrá una negociación que vuelva a someternos al servilismo auspiciado por los gobiernos de facto que supimos conseguir en el siglo pasado.

AMERICANOS
Sí valdría la pena que la madurez política alcanzada por toda la América del Sur en las últimas décadas consolide "por goteo" la realidad inexorable y que es superior --o equilibra--  a la mentada autodeterminación de los pobladores. Negando puertos y bases donde la pretensión colonialista sucumba porque ya no pueda apoyarse, como lo viene haciendo,  en Punta Arenas o en Montevideo.
Sólo así los malvineros llegarán a una razonable autodeterminación: ser americanos. Sin resignar su exótica identidad extraterritorial, pero abandonando el injustificable protectorado colonialista que sostiene la corona inglesa, más que por estrategia geopolítica por su tradición corsaria de saquear recursos naturales ajenos.
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