Con sus más y sus menos. Con sus heroísmos y sus miserias, la ciudad celebra su aniversario. Con sus irrefrenables ansias de progreso. Con las pequeñas o grandes violencias contemporáneas que la avidez por tener imponen a la humildad del ser. Todo eso siento. Ciento once veces lo siento.
MADERA
Es casi innecesario recordar que estamos cientos de veces mejor que en aquella bisagra del siglo XIX al XX, en que ráfagas mucho menos tolerables sacudían el rostro y el alma de los que se le atrevían al desierto de la Patagonia Central.
Sin embargo, poco aprendimos de aquellos que, teniendo mayores urgencias, no tuvieron ningún apuro por consolidar su presencia en el centro del Golfo San Jorge para poblar, fundar, para elaborar un futuro.
Uno podría pensar que aquellos pioneros no tenían incertidumbres por el futuro. Si hoy mismo lo que atraviesa la preocupación de cada ser humano es precisamente eso: la falta de previsibilidad por lo que vendrá.
¿De qué madera estaban hechos aquellos que desde distintas naciones, casi sin instituciones que los auspiciaran, subsidiaran o apoyaran en tamañas aventuras, se lanzaron al más inhóspito rincón del mundo a forjar un porvenir?
No sólo todo su horizonte era incertidumbre; los acompañaba el total aislamiento, la carencia de caminos, de comunicaciones, de lugares medianamente habitables, de provisión de alimentos naturales y de toda prevención de salud.
SOLIDARIDAD
Con idiomas distintos. Con ideologías opuestas. Anarquistas, socialistas, ateos, católicos, ortodoxos. Los pioneros no tuvieron más remedio que hablar un idioma común, tener una religión uniforme: solidaridad.
Todo era carencia, todo era dificultad, todo era incomunicación. Para uno y para todos. Por eso fueron buenos cooperativistas; fueron fundadores de asociaciones de socorros mutuos. Llegaron antes que el Estado, y antes que todos los gobiernos. Y así fue prácticamente hasta hace medio siglo, justito cuando empezábamos a nacer la mayoría de los comodorenses-comodorenses.
NATIVOS
No es una reivindicación de nacidos y criados la que queremos hacer en este día. Bien sabemos que siguen llegando muchos que son mucho mejores que nosotros porque no aparecieron a la luz de la vida sin una decisión personal, sino que optaron por quedarse para aportar lo suyo a esta –con todo— principal ciudad del cono sur de América.
La mención a lo comodorense que uno puede hacer dentro de la reflexión para un día como éste es la que suma. La que concentra a la gente de buena voluntad, de buenas costumbres y de buena leche.
Rodeados como nunca de delincuencia, bueno también es reflexionar que los bandidos no son sólo llegados de afuera. Los hay muy nyc, tanto como extranjeros.
Los comodorenses-comodorenses, aquellos que erróneamente nos sentimos más criollos que el que más, debemos en fechas como éstas recoger el guante de la responsabilidad y el compromiso, más que la chapa de la antigüedad en la pertenencia.
Debemos reconocer las limitaciones propias, las falencias o las omisiones que nos han traído hasta este aniversario triste, violento. A esta ciudad injusta, asimétrica, de notables contrastes entre los que todo lo pueden y los que nada tienen.
Festejemos –aunque sea— la epopeya de aquellos que en tiempos muy rudimentarios, y sin más medios que sus manos y el impulso de la honestidad y los valores humanos de tiempos más románticos, nos dejaron una extraordinaria plataforma de progreso a la que estamos obligados a honrar con mayores aciertos que los que hoy podemos exhibir.